De cuando aún se publicaban CD's recopilatorios que englobaban gran parte del grueso del cartel de los festivales. Un bonito souvenir, a veces decepcionante por incompleto (en este de la segunda edición del Festival Internacional de Benicàssim a penas prestaron temas los nombres internacionales) que en la actualidad -con la elaboración de listas de Spotify y las descargas- sería un movimiento de marketing comercialmente inviable, prácticamente; el aspecto de souvenir en CD no parece suficiente atractivo. ¿No?
Hace unos días hablaba de esta edición del festival con alguien, y me comentaba que había estado allí; el año de la catástrofe. Yo, en cambio, soñaba desde casa, pendiente de todo lo que se retransmitía por Radio 3 en el primer verano que escuchaba la emisora por mi cuenta. Cintas de cassette vírgenes o listas para ser borradas para grabar los conciertos de los que conocía: Echobelly, Suede, Veruca Salt, Blur... Tenía listas las portadas para las cajas antes de que empezaran y todo, algo que nunca se debería hacer: la jornada del domingo, el viento imparable y las fuertísimas lluvias eran tan peligrosas que tuvo que suspenderse lo que quedaba de festival (aún recuerdo las imágenes emitidas por Sputnik del momento en el que a Urusei Yatsura, que aguantaron como unos campeones, se les vino el escenario encima). La narración de los hechos por Radio 3 era realmente triste.
César Macondo cubre lo sucedido en los escenarios Maravillas y Maraworld (el año también de Dinosaur Jr., The Divine Comedy, The Bluetones, El Niño Gusano o Nosoträsh), Félix Suárez los conciertos de la carpa Galax-Nitsa (Autechre, Silvania, Coldcut...) y, por último, Xavier Cervantes hace una crónica de la noche del desastre sin escatimar detalles.
Es sabido que Rockdelux suele generar polémica y que es una publicación con detractores, que irrita. Años atrás, aún calientes el ímpetu y la arrogancia juvenil, aún podían ser más punzantes; sin ir más lejos, aquí está la muestra del revuelo que causaron las opiniones al respecto del 1er Festival Internacional de Benicàssim, celebrado el verano de 1995.
En el número de octubre de Rockdelux, por una parte, apareció la crítica firmada por Ramón Llubià (con fotos de Alejandro Quintana), que no se lo pasó muy bien en el festival: aplaude la propuesta pero tiene sus reservas respecto a las infraestructuras y frente a lo que él consideraba una falta de variedad preocupante, casi sectaria, en el cartel. Se queda agusto con la plantilla nacional ("ya nos hemos dado cuenta de que la 'escena' no era tan maravillosa como creíamos"), de la que a penas rescata de la quema cuatro nombres; y casi que lo mismo le parecieron los nombres de fuera. Esa tendencia a frenar el entusiasmo (corta-rollos, vamos) seguía en un artículo firmado por Xavier Cervantes (con foto de Juan Sala), en el que no restaba meritos a la organización del FIB y de otras propuestas similares que tuvieron lugar ese año, pero apuntaba algunos aspectos a mejorar.
El equipo directivo de la revista Spiral, principal implicado en la organización del FIB, se tomó todo eso a la tremenda y en el número de noviembre publicó un editorial completamente a la defensiva, mostrando incomprensión ante el negativismo de Rockdelux y tachándoles de incongruentes. Sin desperdicio.
Cuando tenía nueve años, me compraron mi primer Rockdelux, el Especial nº100. Lo pedí porque salía una pequeña foto de Madonna en la portada; no hace falta que diga que dentro no había más que una foto de su concierto en Barcelona en 1990 y basta. Identifiqué a R.E.M., Prince, Bowie y a The Sugarcubes, cosas que ya sonaban a veces en casa. En el resto de páginas me perdí entre un montón de nombres que no podían decirme nada. Dos años después, me compré un par de números más por las portadas: Björk y PJ Harvey, artistas que me empezaban a entusiasmar y que hicieron de puente para que se abrieran mis perspectivas y conociera mucha más música a la que fui teniendo acceso como una pequeña hormiga en los tiempos pre-internet. Ese afán voraz por descubrir y conocer, me llevó a la búsqueda de discos descatalogados de grupos indies nacionales e internacionales que ya habían desaparecido (qué ilusión cuando los encontrabas todavía perdidos en alguna tienda, o cuando estaban listados en algún catálogo de venta por correo) y, hasta día de hoy, a buscar números atrasados de revistas como la misma Rockdelux, Ruta 66, Spiral o Factory, intentando empaparme de una época a la que llegué tarde y que me fascina. Entrevistas, reseñas de conciertos, artículos que hacían referencia al estado de la naciente escena musical indie del país... Mucho por leer y disfrutar. Y acordándome de lo difícil que lo tuve al no existir una hemeroteca decente en mi ciudad natal, voy a compartir aquí selecciones que personalmente encuentre significativas de todas esas publicaciones. Nostalgia, como decía una canción de El Regalo de Silvia.